Ayer, hoy, mañana. Yo mismo…

Yo quise ser André. Tenía 13 años y una ilusión, quería ser (como) André. Quería llegar antes al otro extremo de la pista, acabar más rápido los puntos y golpear con más fuerza a la pelota. Quería ser mejor. En el fondo creo que siempre se ha tratado de eso, de ser mejor. Y crecí queriendo ser André hasta que me di cuenta de que no podía ser como nadie, porque sólo podía ser yo mismo. Y ese yo, construido a base de muchas horas pisando tierra batida, era muy diferente del ídolo norteamericano que vestía con colores fluorescentes y repetía aquello de “la imagen lo es todo”.

Querer ser mejor. Si soy honesto debería decir que, en realidad, quería ser ‘el’ mejor. Y durante tiempo fue una especie de mantra que retumbaba en mi cabeza, como si más que un objetivo se hubiera convertido en una necesidad, en algo que me habían inoculado sin darme cuenta y que me llevaba, en ocasiones sin piedad, por un camino curioso: el de no estar satisfecho con ningún logro, el de querer más, el de no conformarme jamás. Y, mira, supongo que el tiempo también en eso te acaba poniendo en tu lugar porque (evidentemente) sé que nunca seré el mejor, pero eso ya no me importa. Y aprendí a gestionar las expectativas. Y aprendí a mantener la misma actitud inconformista (sí, hay cosas que nunca cambian) pero comprendiendo mejor qué batallas debía librar y cuáles valía la pena perder. Y aprendí que, al otro lado de la red, más que un adversario, había un reto. Y ante un reto hay muchas más variables en juego que las de ganar o perder

En este punto de mi vida debo reconocer lo mucho que le debo al tenis y a todas las personas que me han acompañado alguna vez en una pista. Mucho. El tenis me ha dado disciplina, me ha enseñado a sacrificarme, el tenis me dejó claro la importancia de la concentración y lo vital que iba a ser en mi vida aprender a conservarla durante el tiempo necesario. El tenis no ha sido, únicamente, mi vía de escape (que sí, lo es), mi rincón para pensar, o una expresión de mis emociones, el tenis ha puesto en jaque a mi ego en tantas ocasiones que, al final, aprendí no sólo a convivir con él, sino a comprenderle. La tierra batida bajo mis pies, la sensación sintética del grip en mi mano, el olor químico de las cuerdas, el tacto inconfundible del fieltro de las pelotas… el tenis me enseñó a usar los sentidos, a calibrar la infinidad de opciones que se abren ante mí justo antes de cada golpe, y a tomar una decisión (aunque no siempre sea la mejor) e ir a muerte con ella, pasara lo que pasara; ejercitó mi mente, mis reflejos, mi capacidad de dar una respuesta rápida y prepararme para el siguiente reto (llegara en la forma que llegara).

Yo no creo en las casualidades, lo he dicho siempre. Yo creo que todo lo que sucedió ayer, lo que esté pasando hoy, y lo que pueda llegar mañana es el resultado lógico de cada decisión que he tomado. Es ese winner que decidí jugarme, o el globo defensivo que lancé al sentirme acorralado… es esa dejada que usé como último recurso, el resto paralelo con el que busqué solucionar un problema por la vía rápida o el servicio cruzado con el que intenté ganar un punto fácil. Es eso, es cada uno de esos momentos y mucho más. Es una decisión tras otra. Es lo que soy, pero no aquí, no sólo aquí. Es lo que soy en cada uno de mis momentos vitales, es lo que soy cuando me despierto y cuando cierro los ojos. A veces me cuesta entenderlo en su totalidad, pero en realidad, me ha construido mucho más de lo que pueda explicar…

Y, Adriana, no te pierdas en las metáforas. Que el mundo anda demasiado lleno de ellas, ya…

 

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