Cosas que importan

Abrir los ojos, sentir su calidez. Mirar a través de la oscuridad, sin miedo, caminar a tientas, encontrarme con mi reflejo medio dormido al otro lado del espejo y seguir teniendo ganas de sonreír. Ella me hace sonreír. Y continúo: calentarme las manos con el tazón porque la leche del desayuno está templada, ni demasiado fría ni demasiado caliente, como esas tostadas que, ya sea con aceite de oliva o margarina, se deshacen entre bocado y bocado. Escuchar las noticias del día, que  resuenan en mi cabeza mientras las voy asimilando. Interiorizar que el ayer ya no existe, y que el presente está en constante cambio. Sí, fuera tal vez haga frío, pero el tiempo se detiene en este instante bajo su dulce mirada.

Afrontar las horas que vienen después, y hacerlo satisfecho porque esas horas me construyen. Avanzar y aprender, seguir, perseguir, lograr. Definirme por mi corbata, teclear a mil revoluciones por minuto mientras mis ojos buscan y mi mente se concentra en todos los objetivos que debo cumplir. Hacerlo. Pensar que así debe ser y celebrar que todo está bien con el último sorbo de la Coca-Cola que me ha acompañado toda la mañana.

Comer solo, me he acostumbrado. Acabar de comer y volver a enchufarme a la pantalla, también me he acostumbrado a eso. Trabajar, navegar, volar, compartir, explorar, conversar, buscar y encontrar. Adorar, más tarde, el tacto de ese grip sintético en la palma de la mano. Deslizarme, no pasa siempre pero cuando la tierra batida de una buena pista me permite patinar sobre ella tengo la convicción de que nada malo existe allá fuera. Luchar hasta la última pelota, pegar cada derecha como si fuera la última y saber que de alguna forma estoy conectado a un pedazo de eternidad. Sí, mientras dura, soy eterno.

Y volver. Ella ya está. Mirarla y ver su sonrisa, esa que me vuelve a hacer sonreír, la misma que se queda conmigo e ilumina la noche, porque es de noche a pesar de que lo había olvidado entre sus labios. Jugar con el gato, siempre me recibe juguetón, a veces araña, otras muerde más fuerte de la cuenta, pero luego se sube en la mesa y me saluda a su manera. Disfrutar ese instante. Agradecer las emociones con las que la vida me obsequia durante esas pocas horas. Refugiarnos en el sofá, abrazarla, dejar que me abrace, acariciar al gato, que se echa en nuestro regazo y ronronea. Ser feliz, no puedo pedir nada más. Disfrutar de cada segundo mientras las imágenes del televisor se suceden y las conversaciones nos ponen al día. Todo cambia, todo excepto esos instantes mágicos. Suspirar porque necesito que nunca se acabe, porque necesito que algo detenga la vida en este preciso instante, puro, mágico, vibrante.

Volver a sentir su calidez y cerrar los ojos.

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