Deteniendo el movimiento

Vivimos en una era hiperconectada, con cientos (¡qué digo cientos: miles!) de posibilidades al alcance de la mano, con el absoluto convencimiento de poder conocer cualquier respuesta, en cualquier momento, en cualquier rincón del mundo con tan solo apretar un icono en una pantalla táctil. Estamos cerca los unos de los otros, incluso cuando no queremos que sea así, estamos tan cerca que nos podemos conocer sin habernos visto nunca, sin siquiera saber si el color de pelo que luce la fotografía de nuestro avatar es natural o teñido, si esos ojos que nos miran fijamente son los de ayer o se pierden en los años pasados, o si las sonrisas son naturales o forzadas. Pero nada de eso nos importa porque tenemos miedo al vértigo. A esa sensación de descontrol que se produce cuando la batería se funde, cuando la cobertura desaparece, cuando dejamos de ver las barras que identifican nuestro lugar en la vida o, si más no, en la vida que nos hemos convencido que vivimos, y nos refugiamos en cualquier conexión esperando encontrar la seguridad que unos y otros construimos día a día.

Esa hiperconexión que decía puede que nos haya llevado a desconectar de nosotros mismos, de nuestras propias ideas, de los pensamientos que nos mueven y conmueven, de nuestros sueños o ilusiones, de todo lo que que se evapora entre retweet y follow para seguir sumando las horas tras la pantalla de cinco pulgadas de nuestros móviles. ¿Nos queda tiempo para recordar nuestras promesas? ¿Nos queda tiempo para buscar nuestra esencia? ¿Nos queda tiempo para cumplir nuestros objetivos? Sea cual sea la respuesta, mi vuelta al rincón a Adriana y sus memorias, está dedicado a los momentos en los cuales nos detenemos, apretamos ese botón de “pausa” y escuchamos el sonido de nuestra respiración. Porque, aunque lo pueda parecer, esta no es una crítica a la vida en red, en absoluto, no es eso, es una llamada a aprender a combinar las dos cosas, a descubrir, a compartir, a sonreír, a jugar, a respirar, a escribir, a leer, a generar, a pasear, a oler, a explicar, a amar, a besar, a dibujar, a saltar, a trastear, a ganar, a perder, a programar, a superar, a suspirar, a llamar, a necesitar, a soñar, a crear…. Siempre a crear.

Y por esa razón, recomiendo de forma muy intensa tener a mano ese botón de “pausa”. Saber dónde y cómo está ese lugar, ese pensamiento, ese rincón en el cual todo desaparece y nos podemos encontrar con nosotros mismos, con el “yo” real que se esconde día a día entre las tareas, obligaciones y malabarismos que hacemos para llegar “a tiempo”. Es ese “yo” que nos guía hacia aquello que nos define, que nos debe convertir en lo que estamos destinados a ser, que nos hace crecer paso a paso, el que tiene el poder de traducir nuestras ilusiones en realidades. Es el mismo “yo” que descubrió hace años Adriana mientras alguien escribía y soñaba su historia. Es el mismo “yo” que ella espera que esté totalmente definido para conocer el final. Un final que, todo sea dicho, tal vez se esté redactando ahora mismo en algún lugar de este pequeño mundo aprovechando que hemos detenido la vida al otro lado de la ventana.

 

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