El revés me iba al revés

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Hace la nada desdeñable cifra de 20 años, decidí que no quería (intentar) ser tenista profesional.  Dicho así suena frívolo, pero es de esos momentos en la vida que quedan marcados a fuego en la retina. Conservo todavía la memoria de las noches frías, gélidas, entrenando hasta tarde, las carreras para mejorar la preparación física, los gritos de los monitores y las miradas, cansadas, de los compañeros esperando que llegaran las ocho para disfrutar de esos cinco minutos finales que teníamos para jugar pachangas. Sin embargo, lo que nunca se borrará de mi recuerdo son las palabras que mi padre me formuló una lejana noche de otoño: “¿Qué quieres hacer, Xavi, qué es lo que de verdad quieres hacer?”. 

Y le respondí que lo quería dejar. Con 14 años mi padre me enseñó a tomar decisiones, y era una gran decisión porque, le hubiera dicho lo que le hubiera dicho, él estaba dispuesto a apoyarme con todo lo que aquello implicaba. Si hubiese apostado por seguir puliendo mi técnica en esas pistas de Sabadell, él se hubiera dejado la cartera por hacerlo posible. Cuando decidí que solo quería jugar a tenis para disfrutar y que quería hacer otras cosas en mi vida, él se dejó la cartera para hacerlo posible. Y así fue como lo dejé. Dejé de entrenar, cierto, pero nunca de disfrutar. Más aún, lo realmente importante de esa decisión fue que a partir de ese momento empecé a disfrutar.

Porque yo había tomado esa decisión hacía meses y, sí, también recuerdo el momento exacto en que lo hice y el motivo que me llevó a pensar que, si no disfrutaba con lo que hacía, no tenía sentido seguir con ello. Nunca lo he reconocido (hasta hoy), pero si dejé de entrenar (“entrenar” en el sentido de “aspirar” a ser profesional) fue porque no podía comprender que quisieran anularme. Me explico, yo era un baseliner atípico, era un tenista que disfrutaba golpeando muy fuerte y con mucha intensidad desde el fondo. No me gustaba la red, no me gustaban los puntos largos y no entendía de dejadas, mi obsesión era ganar el punto por la vía directa y, a poder ser, con espectáculo de por medio. Cerraba los ojos y dibujaba el punto perfecto a partir de un buen resto, que desplazara a mi rival de la pista, y un golpe posterior al que no consiguiera llegar ni el mejor Wilander de la época. Y quería entrenar para jugar así…

El problema apareció el día que descubrí que aquello “no gustaba”. No gustaba que arriesgara, no gustaba que intentara hacer cosas espectaculares, no gustaba que prefiriera perder 5 puntos por buscar el winner, que ganar un juego limitándome a pasar la bola. No gustaba, nunca gustó, y mis entrenadores se pasaban clases enteras intentando limitarme, intentando pulirme, intentando convertirme en un superviviente de la pista… hasta que me planté. Y, ojo, no digo que fuera una mala enseñanza (aunque ninguno de mis compañeros en aquellas pistas llegara a despuntar), pero me di cuenta de algo: si no podía ser yo, no quería ser otro.

Y salí de aquella escuela, satisfecho. Y empecé a jugar más a tenis, con quién quería, cuando quería, donde quería y, sobretodo, como quería. Pegándole a la pelota con toda mi alma, ganando buenos partidos, perdiendo de forma estrepitosa en muchos otros (a veces parecía que alguien moviera las líneas, pero aprendí que era el riesgo de buscarlas siempre) y lesionándome por querer jugar siempre por encima de mis posibilidades… así he llegado hasta este día, 20 años más tarde, y puedo decir que cada vez que piso una pista de tenis ella se convierte en mi pequeño oasis (incluso esas tardes en las que acabo cruzado), porque es la única hora del día en la cual no existen ni móviles, ni rutinas, ni trabajo, ni obligaciones, sólo mi raqueta, las cuatro pelotas, mi contrincante y yo, ese Xavi auténtico que renunció a un sueño por conservar siempre su esencia.

Yo sé que no me equivoqué. Hace 10 años algunos tal vez me miraron pensando que sí. Hoy no. Hoy, con todo lo logrado, sé que elegí el buen camino pero, sobre todo, sé que hice bien defendiendo mi forma de ser, mi estilo, mi autenticidad. No soy Rafa, lo sé, nunca lo hubiera sido, pero, de haber podido elegir, hubiera querido ser André o Novak, y cuando entro en la pista, sigo sintiéndome capaz de ello, muy a pesar de aquellos monitores que, tantos años después, siguen intentando construir campeones.

Si os preguntáis cuál es la moraleja de esta fusión o, mejor aún, dónde está la fusión en sí, solo os puedo decir que si os fijáis, veréis una cosa y la otra, no me he esforzado nada en esconderlas… 😉

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