Cuando lo llevas en la sangre…

Este va por Maite, por Lígia, por Anuska… este va por Dolors, por Joan Anton, por Isabel, por Rafa, por Ramon, por Katy o por Vicenç. Va por todas las personas que me animaron a pasar al otro lado del pupitre. Va por todos los que alguna vez vieron algo en mí y me ayudaron a construirlo. Por eso, hoy, inauguro una nueva etapa en “El Enigma de Adriana” con un recuerdo a las maestras, a los profesores  y a todas las personas que me mostraron que ‘enseñar’ era algo más que una profesión; es una pasión.

Y es que lo llevo en la sangre, lo reconozco. Crecí rodeado de personas que se han pasado la vida dedicadas a la educación, pasé horas a su lado observándolas corregir exámenes, preparar clases, planear cursos… y aunque cuando llegó el momento de elegir aposté por otro(s) camino(s) al final, irrevocablemente, mi destino debía ir marcado, de alguna forma, por esa genética que tanto tira. Porque, sí, la enseñanza tira mucho.

Así que, ahora que ya tengo la pizarra a mi espalda, ahora que soy yo el que explica las materias, ahora que ya no me toca tomar apuntes, sino prepararlos, creo que entiendo mejor que nunca las razones que hay detrás de la vocación que genera esta profesión. Y, ojo, que no me dedico en exclusiva ni voy a hacerlo, que nunca seré un maestro, que apenas llego a la suela de los zapatos de todas esas personas que durante años me enseñaron todo cuánto pudieron, lo sé, pero sí entiendo la responsabilidad que asumen, sí respeto más que nunca la importancia de no fallar, de corresponder, de estar a la altura de lo que los alumnos esperan de ti, de aprender conjuntamente, de comprender otras necesidades, de adaptarte, de dedicarte, de ser honesto, justo, perseverante, práctico, intenso…

Por eso, voy a romper una lanza a favor de este colectivo, no de los que como yo pisan las aulas puntualmente, sino de todos aquellos que lo hacen cada día. Porque no es fácil, no, lidiar con los tiempos que corren. Porque ya no es que hayan cambiado (Dylan y su “a’changin‘” me viene ahora a la memoria), no, es que se han revolucionado y su profesión, esa pasión, es cada vez menos humana, más técnica, más regulada…

Y, bueno, como yo crecí educado y enseñado por la mejor maestra que jamás haya existido, y os aseguro que era dura, estricta, que no te pasaba ni una, que no consentía el error, pero al mismo tiempo era tremendamente justa, valiente, inspiradora, alegre y positiva, pienso que no se trata de seguir la norma, sino de ponerla en duda y enseñar a razonar los motivos. No es una rebelión, no se trata de eso, sino de interiorizar que nadie debería decidir por nosotros qué debemos aprender y qué no, que los imprescindibles son los que nos animan a decidir, los que nos infunden pasión por ir más allá de lo evidente, más allá de los que nos rodea… y esto, Adriana, nos guste o no, siempre debería ser así.

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