Las galletas de la fortuna

¿Os imagináis qué pasaría si tuviéramos la oportunidad de conocer nuestro destino? No me refiero a esas historias sobre cartas que van y vienen, a las notas ocultas en las galletas de los restaurantes orientales, ni a videntes que predicen el supuesto futuro en un fantástico ejercicio de imaginación colectiva. No. Me refiero a conocerlo de verdad. A saber qué nos deparará mañana el día, o incluso hoy mismo, esta tarde, dentro de unas horas. Y, más aún, el año que viene, dentro de cinco, diez, el día en que todo se acabe o vuelva a comenzar.

Sí, es un argumento repetido y reiterado hasta la saciedad en centenares de películas, de mejor o peor reputación, a lo largo de los últimos años. Pero, insisto, ¿os lo imagináis?

La vida está llena de elecciones. Cada elección te lleva a desestimar una opción. Cada opción desestimada generaría cientos de alternativas. Cada una de esas alternativas nunca verá la luz. O al menos eso es lo que debemos suponer. ¿No sería una locura conocer todas las opciones?

No me gusta predecir, ni tampoco procrastinar, no soy capaz de lo primero y lo segundo me parece una pérdida de tiempo. Me conformo con inventar, imaginar y crear alternativas, mejores o peores, a lo que resulta evidente que es el día a día. Sin embargo, si tuviera ese don, si pudiera saber qué va a pasar un minuto antes de que sucediera, me pregunto si sería capaz de utilizarlo para algo mejor de lo que se suele presuponer. Y, cuando me dicen aquello de lo infrautilizado que está el cerebro pienso que ha de ser posible. Todo es posible. ¿Por qué no puede ser posible?

Hace años, muchos años ya –es que empiezo a tener una edad…– escribí uno de mis primeros relatos. Es, sin duda, uno de los que más me ha gustado desde siempre. No gira exactamente entorno a este tema, pero sí tiene algo que ver con lo siguiente. Cuando uno dice, insinúa, que tiene una habilidad especial, del tipo que sea, nuestra sociedad inmediatamente le emborracha a base de sustancias químicas para aplacar su locura. Al final, lo normal es lo único bueno. Lo normal es lo que se supone que somos nosotros. Y lo anormal es lo que debe ser aplacado. Y aquí sí que me atrevo a predecir el futuro, da miedo pensar en lo que pueden llegar a controlarnos a base de aplacar por razones de salud mental… ¿no creéis?

Pero bueno, al final, todo se reduce a algo tan sencillo, tan poco comprometido, como disfrutar del instante. Del momento. Y este momento se merece algo dulce y bueno. Me apunto a un absolutamente recomendable pastel artesanal… ¿verdad Adriana?

Por cierto, si queréis leer el relato del que hablaba antes, os invito a hacerlo aquí: nodeberianpecar.wordpress.com... iré colgando más, así que -si os gusta- no lo perdáis de vista ^^

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