La Corteza de lo Humano

La parte exterior, y generalmente dura, de algo compuesto por una o más capas, es la corteza. Me ha gustado la utilización del adjetivo “dura”. Me quedo con él, luego os lo explico, pero antes permitidme que os de la bienvenida, una vez más, a El Enigma de Adriana, este pequeño rincón de la blogosfera en el que Adriana y yo vamos explicando lo que nos pasa por la cabeza. En ocasiones, lo que nos pasa es bueno, otras veces no lo es tanto. Pero sea cómo sea… este es nuestro mundo, este es mi mundo.

Y mi mundo es un lugar especial, extraño, diferente. Tal vez sea porque me gusta observarlo con unos ojos diferentes a los habituales, tal vez porque hay algo en mí que prefiere ver siluetas dibujadas en la oscuridad donde otros verían una simple ilusión óptica. Tal vez sea porque cuando uno es escritor jamás puede dejar de dibujar historias en su imaginación, historias que no tardan en convertirse en palabras, palabras que de una forma u otra han de devenir una emoción.

Así es cómo llego a la anécdota que me lleva a escribir “La Corteza de lo Humano”, hoy. La curiosidad es una característica que siempre va vinculada a la habilidad para percibir detalles que podrían pasar desapercibidos para muchos. En ocasiones, sin embargo, la curiosidad ya no es necesaria para descubrir de qué está hecha la realidad, tan sólo se requiere un poco de paciencia, y las oportunidades para aprender aparecen por sí solas. Así podría ser un domingo cualquiera, tal vez este mismo domingo, podría haber ocurrido el pasado, es tan sencillo como esperar, sentado en un banco, delante de una zona tranquila, y todo sucede con una pasmosa naturalidad.

Poned un viejo televisor de por medio. Una familia que, encabezada por el padre, junto a su mujer y a sus dos hijos pequeños, lo dejan delante de un container para que, al día siguiente se lo lleven los del servicio de recogida selectiva. Allí se queda. El cartel asegura que lo reciclarán al día siguiente, a primera hora de la mañana, por lo que el viejo televisor –nada de pantallas planas, ni un leve atisbo de TDT, o de alta definición- deberá pasar todas las horas de aquel día, y toda la  noche, a la intemperie. Esa es la teoría, pero no será así.

Y no es así porque, cómo decía antes, el mundo –mi mundo, nuestro mundo– es un lugar especial, extraño, diferente. La corteza de lo humano adquiere un significado palpable cuando, transcurridos menos de un par de minutos, aparece una persona deambulando, inocentemente, por aquella  tranquila zona. Y  se detiene enfrente del televisor abandonado, lo observa con detalle, lo analiza, mira a su alrededor, se muerde los labios, se coloca bien el flequillo, se rasca intranquilo la cabeza y se decide a agacharse para comprobar el peso. Parece claro que lo hará suyo.  Al televisor ya no le espera el retiro de la planta de reciclaje. Una segunda oportunidad, bien por él.

Un minuto, tan sólo un minuto más tarde, aparece en escena una furgoneta blanca, merodea también por los alrededores. Se detiene frente al container. En su interior, un par de cabezas contemplan al individuo que sigue estudiando cómo  cargará con el televisor, de no menos de 32 pulgadas y tan grande como aquellos viejos Black Trinitron. El conductor, un hombre que no debería superar los treinta años sacude la cabeza. Su acompañante, una mujer que, a juzgar por su aspecto, debe ser su madre, le pregunta sin pudor alguno al que sigue con el televisor si se lo va a quedar él. La respuesta afirmativa de éste genera una reacción de contrariedad en la pajera de la furgoneta. Han llegado tarde. Mejor que sigan merodeando. Suben las ventanillas, arrancan y desaparecen convertidos en una flamante mancha blanca más allá de aquella vieja rambla que años atrás veía transcurrir un añejo torrente. Al  otro lado de aquella realidad, el que se queda con el televisor, visto el interés que suscita, decide que ha de actuar con rapidez. Lo intenta cargar, falla las dos o tres primeras veces que lo levanta a peso del suelo. Abulta lo que no está escrito. A la cuarta lo consigue, no sin penas, tantas que comprende que es imposible que lo consiga acarrear muchos metros. Chasquea la lengua e improvisa una solución, decide esconderlo detrás de una caseta de electricidad.

Sí. Finalmente lo deja allí, se lleva el mando a distancia y camina rápidamente intentando buscar un cómplice que le ayude a cargar con aquel mamotreto. La parte exterior, la parte más dura de lo humano, se hace presente cuando, todavía, no ha pasado ni un minuto de los últimos acontecimientos. Vuelve a aparecer en escena el coche blanco. De él descienden la mujer y el hombre. Los dos sonríen al ver la poca pericia del primer nuevo propietario del televisor para esconderlo. Se relamen. Lo cargan entre ambos, el hombre demuestra mejor forma física que su antecesor, lo meten en la furgoneta, arrancan y en menos de treinta segundos desaparecen sin dejar rastro alguno. Pocos metros más allá, cómodamente sentados en un banco, la familia que había dejado allí el televisor sonríe divertida. El marido pone cara de derrota mientras la mujer sostiene una postura de cierta superioridad amparada en un “ya te dije que no duraría ni dos horas allí”.

Pues sí, este es nuestro mundo. O lo que estamos haciendo con él. Quizás todo esto quede, tan sólo, como una anécdota, pero también podría llevarnos a una reflexión sobre lo que está pasando más allá del confort de nuestros domicilios, de nuestros trabajos y de nuestra vida en general. Tal vez el mundo que estamos construyendo tenga muchos más puntos negros de los que queremos asumir… ¿podría ser?

Este fin de semana los catalanes estamos convocados a las urnas. Os diré aquello de votad lo que queráis, pero votad bien… y que cada uno lo interprete como quiera, pero que nadie se olvide que una de las –múltiples – cosas que podemos hacer para mejorar su mundo, tu mundo, mi mundo, nuestro mundo, es utilizar la democracia para construir algo mejor.

Construyamos, pues.

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