Nosaltres no som d’eixe món…

Abandoné El Enigma de Adriana la tarde en la que acepté una realidad que golpeaba con insistencia mis pensamientos. No comprendo este mundo. No alcanzo a entender demasiadas de las cosas que suceden como para atreverme a opinar sobre ellas en estas entradas de un pequeño rincón de Internet. No. Aprendí, cuando era pequeño, que conviene escuchar y dejar hablar antes de intervenir, supongo que es lo que estoy haciendo en esta etapa de mi vida. Y lo digo en presente porque sigo pensando que todo lo que ha sucedido, lo que está sucediendo y lo que sucederá, supera con creces lo que podría poner en negro sobre blanco.

Tal vez por esta razón, disfruté tanto de lo que escuché en una muy interesante conversación con un empresario de Nueva York hace menos de un mes. Me dijo que “ya no sabéis salir adelante solos”. Con ese “ya no sabéis” no se refería a los empresarios, hombres o mujeres, ni a los españoles en concreto, tampoco a una franja de edad u otra… no, su pensamiento se iba mucho más allá y abarcaba una filosofía de vida entera, un modelo cultural, social y económico que engloba aquello de lo que más orgullos se sienten muchos: occidente. Luego me explicó los motivos que le llevaban a afirmar algo así. Y creo que tenía razón.

Pero vayamos por partes. Sentados en su despacho, él de origen coreano –de ahí su análisis sobre la forma de entender la economía y la sociedad occidental– me preguntó por lo que estaba sucediendo -en aquel momento- en Barcelona (y, por extensión, en España), por esas acampadas (“those riots“, me dijo, probablemente sin saber que no era eso), por la situación económica, por el sector bancario, por la preocupante tasa de paro… No se conformaba con lo escuchado en los medios, quería saber más. Tras escuchar -y preguntar mucho- empezó a hablar de la “cultura de la siesta”, de esperar que las cosas sucedan, quejarse y quejarse, gritar, enfadarse y alzar la voz por encima de los demás para asegurarse de que sea la única que se escuche, aún sabiendo que no se aporta demasiado al discurso. Habló del inmovilismo, de la tendencia a esperar que otros resuelvan la papeleta, de pedir pero no buscar, de buscar pero no aceptar, de cualificaciones y de exigencias, de excesivas prestaciones sociales y de desarrollo.

Lo que debió ser una cita de diez o quince minutos se acabó convirtiendo en un diálogo de dos horas mientras la pobre @carolinaferrero esperaba (yo creo que desesperaba) en un starbucks cercano -cosas de Nueva York-. Dos horas de un crecimiento personal que difícilmente podría haber imaginado cuando subía en el ascensor, muy vintage, muy newyorker, de aquel edificio en la 26 con la 5ª, esperando encontrarme con un agradable recibimiento, cuatro palabras amables y un see you soon!! como toda interacción. No en vano, me esperaba un hombre muy ajetreado y con una agenda enfermiza.

Mi interlocutor, cuyo nombre reservo al anonimato de las redes, es uno de los empresarios con mayor ascendente entre los mandamases orientales de la Big Apple. Sin duda, esto le permite estar en posición de juzgar y saberse respetado. Y lo hizo. Y yo le escuché como aquel que atiende a su maestro. Me dejó claro lo que pensaba con una franqueza y transparencia realmente inusual. Imposible reproducir aquellas dos horas en estas líneas, pero sí dejaré dos reflexiones que él quiso remarcar mucho, probablemente esperando que calaran en mi, tal vez haciendo uso de esa tradicional filosofía de mentores que tan arraigada está en ciertas mentalidades orientales.

– ¿Sabes – me dijo –  cuantas empresas he creado? Más de diez… y de todas ellas, sólo han funcionado una además de la que dirijo ahora. Cuando fallaba, empezaba de nuevo, creaba algo, y trabajaba en ello con todas mis energías porque me iba la vida. Nunca esperé que me dieran nada. Todo lo que tengo, lo sudé, lo sufrí, y me lo gané. Cuando conseguí reunir mucho dinero con una de mis empresas la vendí , y volví a empezar, hasta hoy. Y ahora las cosas vuelven a ir bien. ¿Sabes por qué? Porqué lo seguí intentando hasta encontrar otra oportunidad – Sus ojos brillaban, transmitían una energía pura y vigorosa.

– Estamos en crisis – siguió –  sí, ¿y? ¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Llorar nuestra mala suerte? ¿Esperar a que los gobiernos paguen nuestras deudas… con los problemas que ya tienen? ¿Esperar que el trabajo de nuestra vida llame a la puerta? No. Esa mentalidad no es la mía, no es la de mi mundo, pero creo que es un poco la vuestra. Esperáis que os rescaten, que os ofrezcan oportunidades, que os digan por donde ir, qué hacer, qué no hacer… esperáis cambiar el mundo pero sin esfuerzo… ¿crisis? Sal, crea, inventa, emprende, falla y vuelve a empezar… repítelo hasta que des en el clavo. Uno no sale de la crisis sin esfuerzo, uno no sale de la crisis porque le saquen los que mandan, ni las grandes empresas… uno sale de la crisis sufriendo, trabajando… no sentado, ni gritando, ni rompiendo banderas o cerrando el paso a los que sí quieren trabajar… – Me miró encendido (estaba On Fire) y comprendí que, en el fondo, lo que sucede le preocupa mucho más de lo que quería aparentar. Sus negocios están en este mundo, el mundo que él critica, el mundo que no sabe superar por sí solo sus problemas.

Y ahora llega agosto, Londres arde, las bolsas se desploman, surgen nuevas crisis y ese mismo mundo, el nuestro, se tambalea… Pienso en él, y pienso que me gustaría formar parte de su mundo… aunque sólo fuera para seguir aprendiendo.

Lo peor, Adriana, es que he dejado de escribir (perdóname)… ¿por qué será?

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