El valor del tiempo

Valora a quién te dedica su tiempo, te está dando algo que nunca recuperará” Así, con esta sutil contundencia, Susana Ramírez (Sosann, para la mayoría) convertía una de esas imágenes con las que suele compartir su forma de ver la vida en toda una declaración de intenciones. Y es que en un mundo acostumbrado a comerciar por todo, a poner precio a cada bien o servicio que pasa por delante de nuestros ojos, en un mundo en el cual lo bueno y lo malo se van difuminando sin criterio en función del poder  de cada cual, la forma en la que usamos nuestro tiempo se está convirtiendo en el único recurso que nos queda a muchos de conservar cierta independencia sobre la vorágine que nos rodea. Por eso, al ver esa fotografía no pude evitar sonreír y pensar en otros amigos que me han hecho reflexiones similares, me vienen a la cabeza Oscar Del Santo o algunos de mis compañeros en Phusions, por ejemplo. Y lo que me mueve, hoy, es una idea, una convicción, una percepción: el tiempo ya no es oro, porque el oro se compra. El tiempo es mucho más, es un intangible cuyo valor no se puede delimitar por más que unos y otros nos intenten convencer de lo contrario.

Valor”, decía. Bien, ¿acaso hemos aprendido a ser justos en la forma de valorar el tiempo que nos entregan o del tiempo que entregamos? Me explico, escuchamos una y mil veces lo complicada que es nuestra situación, que la crisis es durísima, que el mundo está del revés, y que todo se viene abajo. Lo escuchamos, asentimos, a veces compartimos mensajes positivos, otras veces nos dejamos llevar por ese mismo desanimo, pero sea como sea, sí: lo escuchamos y seguimos andando sin plantearnos, siquiera que, más allá de la economía, el tiempo es el gran perjudicado de esta era que nos ha tocado vivir. Mirad, para unos, el tiempo se ha convertido en un lastre, en un excedente, en algo que no suma, en algo que no aporta porque todo lo que sobra parece que molesta. Para otros, en cambio, el tiempo es escaso. Se escapa entre los dedos sin casi darnos cuenta, los días nacen y mueren sin más; las horas, los minutos y los segundos se van una vez y otra, y tachamos una nueva semana del calendario, otro mes, uno más, y ni por asomo esta inercia parece determinada a detenerse. Para unos no pasa. Para otros, no se detiene. Y allí está, seguimos sin valorar lo que eso significa, seguimos sin valorar la importancia del tiempo que es nuestro, y de cómo lo usamos.

Porque no siempre lo usamos bien. Llevé en el coche, hace un par de días, a un antiguo compañero de trabajo (de antes de hacer el cambio que me llevo a mi actual estación). Veinte minutos de recuerdos, experiencias, proyectos futuros y una reflexión: “cuando no estés dónde deberías estar, no vas a poder recuperar lo que te vas a perder. Elige bien a qué o a quién destinas tus minutos”. De nuevo “el tiempo” y la importancia de valorar a qué se lo dedicamos. Vuelvo a la reflexión inicial, ¿qué valor debería tener el tiempo que destinamos a hacer algo que no nos aporta nada a nivel personal, humano, real? ¿Qué valor debería tener el tiempo que se va en compromisos carentes de sentido, de utilidad, de servicio? ¿Qué valor debería tener el tiempo que se escurre entre dos sonrisas, y se convierte en miradas lánguidas y muecas dibujadas en cualquier rostro? ¿Qué valor tiene mi tiempo, o el tuyo, o el de él y ella y el de todos los demás?

Algo que nunca recuperará”, decía Sosann. Ahí está la auténtica medida del valor del tiempo. Menuda responsabilidad. Tal vez el hecho de comprender y asumir esta realidad, nos llevaría a considerar en su justa medida a las personas que se paran a escucharnos, a explicarnos un proyecto, a aguantar nuestros problemas, a pedirnos ayuda o a compartir sus emociones. Tal vez el hecho de comprender que todos luchamos día a día, minuto a minuto, por hacer posible lo imposible y aún guardar un pequeño tesoro en forma de ese fantástico tiempo de calidad (excepcional teoría que alguien acuñó) nos permita agradecer más que cualquier persona esté dispuesta a ofrecernos una parte de su mayor bien para, de alguna forma, regalárnoslo. Y eso, siempre, partiendo de una premisa básica: “no hay tiempo mejor que el que estamos viviendo ahora mismo…

O no, o tal vez solo somos Adriana, mi querida y medio olvidada Adriana (a la que apenas le puedo dedicar el tiempo que merece, vaya…) y yo diciendo tonterías.

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